por;Jesús G. Bayolo
Cupido es un excelente deportista: tensa el arco y sus flechas dan en el corazón. Si suele merodear por parques, fiestas, centros de labor o de estudios y hasta abordando los más diversos medios de transporte, no es nada extraño que se presente con su carcaj repleto en los Juegos Olímpicos.
Abundan las historias de amor en las Olimpiadas, pero ninguna trascendió más que la nacida en Melbourne’56 entre Harold Connolly y Olga Fikotova.

