por; Lisandra Gómez Guerra
Mario es el vivo retrato de su padre. Se lo han dicho desde que vino al mundo hace 44 años. Pedro, su progenitor, ya no vive, pero en el barrio pocos lo olvidan.
Cuando alzaba la voz —recuerdan—hasta las piedras enmudecían.
Su casa la visitaban aquellos que él quería, porque era quien ponía las reglas del juego. Dentro, golpes, gritos, imposiciones; era su propia ley, la misma que implantó fuera de la vivienda hasta que el filo de una navaja, en plena calle, le mostró la cara del silencio.

