Por: Yunier Javier Sifonte Díaz
La japonesa Akira Sone la contempló callada. En medio de la alegría por ganar una medalla de oro esperada en su país, la nipona vio descender del tatami a una mujer que se le hizo sumamente difícil y durante casi nueve minutos la obligó a exigirse al máximo. A casi doce mil kilómetros, otra Isla también la observó en medio de la madrugada, porque en un país acostumbrado a seguir a sus campeones, Idalys Ortiz jamás está sola.
Por cuartos juegos consecutivos subió al podio en los más de 78 kilogramos del judo olímpico. No pudo vencer en el combate final, un desafío ante una mujer que la había vencido en tres ocasiones previas y que ahora le impuso un muro difícil de quebrar. Para Idalys, en cambio, no hay lamentos a esta hora.

