por; Fernando Buen Abad Domínguez
A eso que hoy se llama “éxito de audiencia” o rating, con argumentos cuantitativos casi siempre unilaterales, hay que reclamarle definiciones de fondo. Si es “éxito” sólo porque muchos lo ven, sin importar lo que entiendan u opinen esos “muchos”, su idea de “éxito” expresa, también, la decadencia de sus parámetros. Es un truco publicitario reiterado hasta el hartazgo, arengar éxitos para multiplicar audiencias. Que millones de personas consuman irracionalmente productos chatarra está lejos de ser un “éxito” porque eso realmente es una derrota. Reina la anti-política.
En el Juego del Calamar, archi-publicitada serie de la empresa Netflix, se repiten todos los estereotipos narrativos para vendernos una emboscada ideológica hegemónica como si fuese “crítica” a un sistema de injusticias y desigualdades. Despliegue narrativo saturado con tácticas dilatorias para convertir en “interesantes” situaciones anodinas y de relleno. Son nueve capítulos (por ahora) que pudieron ser contados en la mitad o menos. Estirar escenas no equivale a incrementar riqueza expresiva. La empresa Netflix también aplica el Juego del Calamar a su propia audiencia donde los crímenes contra la inteligencia social se suceden para que caiga el dinero mientras gana la desesperanza, la cursilería y no poco idealismo filantrópico depresivo. Sus méritos técnicos o actorales no consiguen disfrazar la sintaxis del horror al que nos tienen acostumbrados.


