por;Ciro Bianchi Ross
Cuando comencé a trabajar en la revista Cuba, en 1972, el nombre de Lisandro Otero, que dirigió la publicación hasta 1967, todavía se repetía con insistencia en la redacción. Se hablaba de su dinamismo y estilo de trabajo. No se recibía en su tiempo el seco encargo para un reportaje, sino que redactor, fotógrafo y director lo discutían hasta en sus detalles más nimios antes de que los reporteros salieran a la calle o se fueran a provincia a acometerlo y en aquella discusión cada cual aportaba sus ideas que a la larga coincidirían en el mismo propósito, el de conseguir el mejor material posible. Los más viejos en la redacción, como el fotorreportero Ernesto Fernández, compañero suyo desde sus días en el periódico Revolución, acumulaban muchas anécdotas que gustaban contar, y el inolvidable Baltasar Enero, seudónimo de José Jorge Gómez, facilitaba a los nuevos el Decálogo del buen redactor, texto en que Lisandro sintetizó algunas recomendaciones para los que se iniciaban en el oficio, y del cual existía una sola copia maniáticamente conservada por Enero.

