“China, te tengo un encarguito ahí”, solía decir, no sin antes saludar, preguntar cómo estaba, indagar por mis hijas y, últimamente, hasta por “Marcelino”, como le decía a mi nieto de cuatro años. Luego, las coordenadas, que podían ser relativas lo mismo a la huella de Fidel en el central Uruguay que al accidente de un ómnibus de Transtur en el que viajaban más de 30 turistas; el manejo de los fallecidos y los enterramientos en tiempos de covid o Luis Sáenz, el padre de la Pediatría.
“Si no encuentran fuentes oficiales dispuestas a informar acudan a otras: la vieja de la esquina que vio el accidente, el barrendero, el que pasaba por allí; el caso es traer la noticia y contarla, la gente tiene derecho a saber qué pasó”, nos decía. Y advertía a menudo algo que los periodistas solemos no tomar en cuenta: “Olvídense, que a nadie le gusta que lo critiquen. Nadie te va a abrir sus puertas así, de buena gente, para que entres a su centro a criticarlo. Esa es una reacción humana, pero nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo”.

