por;Luis Toledo Sander
De la escenificación de Barack Obama —en el tramo final de su segundo mandato, no antes— con respecto a Cuba, se ha dicho que representa lo mejor o menos malo que este país puede esperar de los Estados Unidos. Cabrían matices, pero quizás lo más sobresaliente radique en las ilusiones que bulleron en torno a la escenificación, y que pueden explicarlas el propio monstruoso y prolongado bloqueo, y el derecho del pueblo cubano a verse libre de esa maquinaria criminal, que intenta asfixiarlo.
Si Obama ganó prestigio de encantador de serpientes, no habría que asombrarse de que también hipnotizara palomas. Lo que no habrá mucho derecho a decir es que se esmeró en engañar a la opinión pública cubana. Con desfachatez declaró que el bloqueo no había logrado su propósito: o sea, tenía a Cuba al borde de estrangularla, pero ella seguía viva. Lo único que el verdugo no había conseguido era asfixiarla por completo, y para eso necesitaba aparentar que tomaría otro camino. También reconoció que el bloqueo estaba aislando a los Estados Unidos.







