por; Luis Toledo Sande
En la visualidad auroral del acto con que nuevamente el pueblo cubano —¡el pueblo cubano!, no perversas falsificaciones de él— ratificó el pasado sábado, 17 de julio, su lealtad a la patria, y su consecuente conciencia antimperialista, el monumento a las víctimas del desastre del acorazado Maine tuvo un lugar ostensible. Ese monumento recuerda uno de los pretextos que a lo largo del tiempo el imperialismo estadounidense ha usado en sus voraces planes injerencistas.
Para estas líneas basta citar la intervención militar con que en 1898, pretextando el hundimiento del Maine, la entonces emergente potencia imperialista frustró la independencia de Cuba y sustituyó a España en el papel de metrópoli. Lo que ese hecho acarreó más allá del país entonces intervenido perdura en hechos como la colonización de Puerto Rico y la hegemonía mundial que los Estados Unidos, ya en decadencia, intentan conservar.







